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Tachuela con memorándum

El sol ha entrado de nuevo a mi ventana, es verano y el calor no me ha dejado dormir de nuevo, me despierto por inercia , ya no es necesario un despertador, esta rutina de trabajo la conozco de sobra y con solo mirar la cantidad de luz que entra se que ya es hora de levantarme. No tiendo la cama, sólo estiro un poco las cobijas para asemejarlo; camino por el pasillo hasta llegar al baño, me doy un duchazo mientras oigo los gritos de los vecinos, otra vez están discutiendo, a veces desearía que se fueran o yo irme de este lugar y no oír de nuevo sus gritos. Salgo y volteo a la cocina, los trastes se han acumulado demasiado en un par de semanas, abro el refrigerador, el olor de algo podrido se hace presente, es la leche, se me van las ganas de desayunar, al fin el trayecto es largo y podré comprar algo en el camino. Me arreglo y me alisto para otro día de una vida monótona de trabajo en una oficina sin ventanas donde el olor a cigarro parece ya impregnado en todo el lugar y donde sólo se oyen los teclados de las computadoras y el balbucear de las secretarias. Me miro al espejo, hoy parezco mas desalineado que de costumbre, comienzo a rasurar me pero el filo de la navaja corta mi mejilla, tiro el rastrillo y veo en el espejo como corre mi sangre hasta el cuello, una visión relámpago invade mi cerebro y veo como la sangre colora todo el piso, me veo en medio de ella parado, contemplando su color, su olor y su calor, reacciono y me vuelvo a la realidad, me limpio la sangre y me acabo de rasurar sin ningún problema. Un momento antes de salir de mi solitaria casa disfruto de la tranquilidad que se respira y juro y perjuro que un día de estos comprare un perro. Al abrir me encuentro con mis vecinos van saliendo como si nada como si no supieran que todo el edificio se entera de sus discusiones, los saludo solo por cortesía y un pensamiento hace que vuelva al interior de mi hogar, ¿como se me pudo olvidar mi pistola que siempre cargo por si me intentan asaltar, ya que la ciudad es un caos hoy en día? Me encamino hacia el camión y junto a mí, va caminando una pareja, sus voces melosas aturden mis oídos y decido caminar mas aprisa para dejarlos atrás, subo al camión y me apresuro a ganarle el asiento a una dama, después se sube una señora con un bebé en brazos y yo me hago el dormido para no tener que cederle el lugar, hasta que un joven detrás de mi se lo cede, voy mirando el camino el mismo camino que desde hace varios años he recorrido: día tras día la misma ruta , la misma visión de la carretera nada ha cambiado, todo esta igual, por fin llego al metro y como antes me apresuro, empujo y paso para conseguir un lugar, comienza a avanzar y lo único que hago es recostarme y dormir un poco hasta que una voz me despierta. Me molesta que se suban los vendedores pero me despierta muy a tiempo ya que llegue a la estación donde me bajo, subo las escaleras y con unos cuantos minutos de caminar llego a mi trabajo. Frente a mí sigue ese viejo cartel de la empresa feliz que después de verlo diario ya no causa ningún impacto. Sólo sigo mi camino hasta mi escritorio, me siento y veo la pila de pendientes que me espera. Me pongo a trabajar sin descanso, cuando me doy cuenta, alguien está a mi espalda diciéndome que es la hora de comer y se retira, Comer, ¡ja!, pienso que si voy a comer no podré acabar con todo este trabajo, pero la memoria me hace presente que no desayuné, así que bajo a la fonda y pido comida corrida, como siempre, una sopa y un guisado de pollo es lo que acostumbro. Después de una hora vuelvo al trabajo y en mi mente únicamente está el deseo de regresar a la soledad de mi apartamento, fastidiado y harto acabo con mis labores, me estiro un poco en mi lugar y se acerca la secretaria del jefe sólo para darme una pila de papeles mas grande que la anterior, pero como es la hora de salida decido dejarlos para mañana (tendré que llegar un poco mas temprano para poder acabarlos).
Mi mente esta saturada de los pensamientos del día y no cabe ni uno mas, camino hacia el metro como es de esperarse es la hora de la salida de medio mundo así que está repleto, abordo el vagón y me voy hasta una orilla, junto a la puerta que se que no se abriría hasta después, el metro comienza a avanzar y yo veo la noche, ya que todavía estamos por fuera, pero en dos estaciones más entraremos al túnel, empiezo a escuchar la plática de dos mujeres que van a lado mío, más allá unos estudiantes comienzan a echar relajo, un niño de una señora comienza a llorar, empiezo a escuchar demasiadas voces y mi cerebro no se concentra en ninguna de ellas, mientras sigue repasando las tareas pendientes para mañana, el tren para en la siguiente estación y entra mas gente de la que sale, el calor es sofocante y todavía se sube un cantante, niños comienzan a jugar y empujan a todos. Hay gente que se comienza a quejar de todo, el cantante sigue con sus alaridos, recuerdo la discusión de mis vecinos mientras comienzo a sudar por el sofocante calor que se respira, parece que el volumen de las voces comienza a subir ya no logro reconocer alguna y en mi interior pido que se callen que se callen ¡que se callen! ¡que se callen! ¡que se callen!
Mi interior no es escuchado, la desesperación llega y grito a todo pulmón: ¡Que se callen!
La gente me ignora y los murmullos se hacen aún mas fuertes, entramos al túnel y la oscuridad de éste rompe mis nervios, grito de nuevo una y otra vez, las voces en mi cabeza no cesan y aumentan, saco la pistola y amenazo a todos pero no sirve, empeoro la situación pues se escuchan demasiados murmullos, suelto un tiro y los murmullos se vuelven gritos, sigo disparando hacia arriba y gritando que se callen pero no escuchan sólo gritan, lloran y aumentas las voces, ya no puedo distinguir ni mi propia voz, son demasiadas son demasiadas, tengo que callarlas antes de que me vuelva loco, sólo callarlas sólo escuchar el silencio. Coloco la pistola en mi cien y aprieto el gatillo, los gritos no se hacen esperar, caigo al suelo y mi sangre pinta el piso de un rojo carmín, con voz pausada murmullo: ¡que se callen!... ¡que se callen!... ¡que se callen!... y por fin oigo silencio todas las voces se han callado oigo silencio, oigo demasiado silencio , un silencio aterrador.

Por: Edgar Mancera

Edgar Mancera es licenciado en Diseño Gráfico. Ha escrito varios cuentos y relatos.